El Mas de la Segarra, el hostal de los cinco siglos

El hostal de los cinco siglos… Si fuera posible condensar la historia del Mas de la Segarra en estas escasas páginas, si se pudiera resumir aquello de lo que sus paredes centenarias fueron testimonio y atesoran en su memoria, tendría que empezar por decir que desde un buen principio y hasta la actualidad, el nombre de esta imponente masía tiene que ir enlazado indisolublemente a las palabras hospitalidad, seguridad y buena acogida.

Largas serían de enumerar las grandes ventajas geográficas y físicas que hicieron de su emplazamiento un lugar preeminente para levantar una hospedería, justo en el borde de la rambla Carbonera, en el camino real que subía a Aragón y que heredó el trazado de caminos forjados durante la prehistoria, y también en el cruce de varios términos municipales en el corazón del Maestrazgo y, a más alta escala, de los viejos reinos.

rambla carbonera

A pesar de que en las inmediaciones de esta sólida construcción de piedra picada hay restos de antiguos asentamientos difíciles de datar, los vestigios óseos de una necrópolis y los despojos de una fundición dedicada al trabajo del hierro (todos estos yacimientos anteriores a la conquista cristiana del siglo XIII), tenemos noticia sólida de la existencia de este antiguo hostal desde la primera mitad del siglo XVI.

Parece, sin embargo, que en el lugar donde se alzaría la primitiva edificación, quizá aprovechando restos de construcciones anteriores, hubo presencia humana desde los tiempos del imperio romano, como parece testimoniar un pequeño tesoro con monedas romanas y también musulmanes recogido por algún antiguo propietario y depositado en un agujero del muro interno en la actual vivienda, justo donde se encontró en tiempos recientes compartiendo nicho con algún dinero de época más moderna.

Pero si ciertamente queremos ser históricamente rigurosos, si tenemos que ajustarnos a los vestigios documentales, la primera fecha que aparece asociada al Mas de la Segarra es el cinco siglos lejano año de 1526. Y el documento lo recogemos en Ares, a pesar de pertenecer este Mas al término de la cercana villa de Vilar de Canes.

En este primer testimonio escrito, que no debe verse como el acta de nacimiento de este hostal sino como la confirmación de su existencia en esta centuria, se nos habla de cómo el comendador de la orden de Montesa y algunos vecinos de Ares capturan al entonces conocido como Hostal de la Segarra de Vilar de Canes a treinta musulmanes aragoneses (moriscos sublevados) que se dirigían hacia la Sierra de Espadán a reforzar el alzamiento que entonces se forjó contra autoridad real.

Para esbozar un breve resumen de los motivos de tal revuelta, debemos hacer un viaje un tanto exótico en nuestro mismo país pero cinco siglos atrás. Pocos años antes de la fecha indicada, durante una gran revuelta política y social en todo el reino de Valencia conocida como Las Germanías en la que la burguesía gremial brega para conseguir entrar de lleno en el gobierno municipal y obtener más independencia ante el autoritarismo regio, sucedió el bautismo forzado de los mudéjares de los más furibundos cristianos hermanados. Es decir, que se obligó a aceptar el bautismo a los musulmanes que entonces aún permanecían fieles a la ley de Dios predicada por el profeta Mahoma.

En los años inmediatamente posteriores, a pesar de las fuertes coacciones a las que se vieron sometidos estos mudéjares, el rey aceptó como legítimas aquellas conversiones a punta de cuchillo y pasaron a denominarse moriscos: cristianos sobre el papel pero musulmanes en el corazón. Los moriscos no pudieron tolerar la nueva situación y escogieron la sierra de Espadán, lugar predilecto en todas las revueltas y guerras valencianas por su abrupta orografía, para organizar un movimiento de resistencia armado.

Es justo hacia este conjunto de musulmanes alzados en armas donde se dirigían los desventurados que hicieron presos en el Hostal de la Segarra, en 1526, y es gracias a esta fortuita coincidencia (o no tan fortuita si pensamos que de Aragón hacia en Espadán era casi obligada la estancia en la Segarra) que tenemos para la historia la primera noticia clara sobre la existencia de un hostal en este emplazamiento. De un lugar digno donde poder pernoctar, comer y sentirse bien resguardado.

Ignoramos si entonces el edificio ocuparía todo el espacio de la actual o si estaría fortificado, como en efecto lo estuvo en tiempos posteriores, pero sería lógico pensar que un hostal tan bien situado y en el que deberían hacer noche personajes de gran dignidad e importancia contaría con un buen sistema defensivo a la hora de poder repeler indeseados manchando con ganas de interrumpir la paz que dentro del hostal aún se respira en estos momentos.

Ahora bien, si los inquilinos se tratan de moriscos rebeldes y el atacante que te asedia es un comendador de Montesa, orden militar de gran prestigio, asistido de sus más bragados hombres de armas, de poco pueden valer macizos muros de piedra como también se verá en otra ocasión similar más de tres siglos después …

El próximo documento en el que se nos habla de este hostal, cronológicamente hablando, el encuentro casi un siglo más tarde, y es también un hecho poco alegre lo que ha permitido que se trasladara al papel, negro sobre blanco, el suceso que vamos a referir.

En el archivo de Culla, en un libro de procesos judiciales (pues Vilar de Canes pertenecía a la encomienda del Castillo de Culla, y allí se juzgaban los delitos de sangre usualmente) encuentro una investigación ordenada por Justicia en 1614 directamente relacionada con el hostal de la Segarra.

Castillo de Culla

El proceso judicial, que nos habla de un hecho trágico como tantos otros que por desgracia eran habituales en la época, comienza cuando justo en medio del camino hacia esta casa encuentran extendido y muerto a su propietario: Pere Segarra, conocido como Pere Segarra de Bernat del hostal, de Albocàsser, para más señas. No nos interesa tanto el motivo de su muerte violenta (el tal Pedro Segarra, dirigente municipal, impide que cierta gente de mala reputación pueda avecinarse en Vilar de Canes y estos se vengan contratando un sicario que finalmente lo mata de un mazazo en la cabeza) sino el más básico: su nombre.

Podría deberse a una casualidad, pero la coincidencia entre el nombre de la casa y el apellido de su propietario parece indicarnos que era su familia, su estirpe y su linaje, lo que habría bautizado quien sabe si más de un siglo atrás a aquel hostal. De hecho, en el mismo documento, a la masía se le llama también como hostal de Segarra, afirmando que la masía era de él, de Segarra. Por si fuera poco, cuando se refieren a su padre como Bernat del hostal nos confirman que la tradición hostelera le venía ya de familia, aunque no parece quedar muy claro si se refiere al mismo hostal o a uno de Albocàsser, pues Bernat aparece citado como labrador de Albocàsser.

Es sumamente interesante, por no decir directamente fascinante, que en la rica tradición oral que actualmente se mantiene entre la familia de la casa de la Segarra encarnada por su miembro más antiguo, Francisco Tena Sales, se puede aún hoy en día rastrear esta historia ocurrida cuatro siglos atrás.

De hecho queda memoria de que a un antiguo propietario, de tiempos remotos, lo mataron y le robaron entre dos enemigos justo en el camino donde nos indica el documento, confirmando que aquel hecho violento se proyectó hacia el futuro a través de los diferentes propietarios que ha tenido este antiguo hostal.

De hecho podemos afirmar que, desde esta fecha de 1614, los relatos e historias, las leyendas y hechos que sucedieron a la sombra de esta sólida masía cuentan con dos fuentes para su conocimiento: el documento histórico escrito y la increíble, por poco usual en cuanto a profundidad y calidad, tradición oral familiar.

any 1659

La próxima fecha en la que nos vamos a detener es el casi cinco décadas posterior año de 1659, y el documento que lo testimonia está nada menos que sobre la puerta de entrada al pero, en una de las dovelas del arco de piedra picada.

Justo allí, escrito tanto en numeración romana como en arábiga, consta esta fecha junto a la palabra ayn, forma de escribir año (any) que ya de por sí sola nos da pistas para intuir el origen occitano de los canteros que la esculpieron. Intuición que viene confirmada por otro documento que podemos encontrar en el archivo de Culla, también extraído de entre las decenas de procesos judiciales del siglo XVII que allí aún se conservan.

En dicho documento, del año 1661, consta como en una declaración ante el Justicia se llama a declarar a un joven de apellido Clausen, el cual nos dice que es francés y que está trabajando en la obra del Hostal de la Segarra. De hecho, él y sus compañeros ya debieron estar trabajando allí al menos desde 1659, cuando supuestamente graban la fecha en la parte superior del arco de la puerta.

 

Muy posiblemente fueron esta cuadrilla de canteros y obreros del sur de Francia que le dieron el aspecto actual a este mas-hostal fortificado, pues parece ser que estuvieron varios años trabajando y que la obra sería ambiciosa. 

Con el dinero que se debían juntar en este hostal tan bien situado bien se podían contratar los servicios de canteros afamados que le dieron una nueva imagen a la altura de la dignidad que le correspondía a aquella casa de huéspedes.

Sería de esperar que aquel imponente edificio cuadrangular, sin los añadidos actuales, y del que todavía quedan restos que evidencian su naturaleza fortificada como lo son las aspilleras, estuviera coronado por almenas. Es demasiado inusual pensar que este hostal de cantería con apariencia de caja fuerte no tuviera este remate defensivo, tan práctico en caso de ataque y que se echa de menos rematando la fachada completamente rectangular hoy en día.

Canteros Historia Mas de la Segarra

La próxima parada en nuestro viaje a través de la historia de la Segarra sólo la tenemos documentada por ahora a través de la inagotable tradición oral de la familia que actualmente posé esta casa, los Tena-Roca-Andrés.

Según esta memoria trasmitida de generación en generación, una batalla contra los franceses tuvo lugar en las cercanías de la casa de la Segarra.

A falta de tener datos más precisos y considerando que los franceses se han paseado armados por esta tierra en varias ocasiones, suponemos que este capítulo de la historia estaría más cómodamente ubicado durante la Guerra del Francés, cuando a principios del siglo XIX Napoleón intentó esparcir la revolución por la península ibérica y anexionarse a su creciente imperio.

A pesar de que durante la guerra de sucesión (principios del siglo XVIII) hubo también gran presencia de tropas francesas por nuestro país, y que tuvo grandes hechos de armas en la zona como cuando desde la Benassal borbónica se fue a conquistar la austriacista Ares, quizá sea más sensato hablar en este caso de la guerra del siglo XIX, conocida en algunos ámbitos como la guerra de la Independencia. Y más teniendo en cuenta que un importante episodio sucedido en 1810 relacionado con la recuperación de Morella tuvo lugar en las inmediaciones de Albocàsser y también de la Segarra.

El caso es que según narran en la masía, hubo una escaramuza entre gente de la tierra e invasores franceses por los alrededores del hostal de la Segarra, y que durante la misma, según cuenta la voz popular encarnada por más mayores los Tena, ciertas piedras con mineral de hierro que aún se pueden ver por los alrededores de la casa se gastaron como proyectiles manuales, tal vez de honda, para herir a los napoleónicos.

La distorsión esperable del paso de los años y por la sucesión de generaciones y generaciones que se han ido transmitiendo la historia quizá haya dado lugar a una confusión, y es que tal vez estas piedras rojizas y pesadas fueron gastadas como munición suplementaria de los cañones, como metralla en el caso de haber agotado las balas de metal. O tal vez no, ya que en las inmediatamente posteriores Guerras Carlistas constatamos el uso de las piedras y la honda como arma de guerra secundaria. Ante la desesperación propia de quien ve la tierra asolada y sus familias en peligro toda roca se vuelve arma socorrida y todo pastor valiente soldado.

A falta de no poder confirmar a estas alturas una posible estancia del general Rafael Riego seguramente entre los años 1820 y 1823, el cual puso entre la espada y la pared al nefasto monarca Fernando VII y le haga restaurar durante tres años la constitución, la próxima estación de nuestro viaje deberá ser ya la terrible época de las Guerras Carlistas, que acabaron de llenar de leyendas y eternas historias las cuatro paredes de este hostal.

No es ahora el punto de escribir un libro de historia, y menos de extendernos en los detalles de este periodo bélico que llenó, aquí en nuestra comarca, medio siglo XIX.
Sólo para dar alguna clave, deciros que cuando el rey Fernando VII murió en 1833 empezó una guerra de sucesión donde los dos pretendientes que aspiraban al trono (su hija Isabel y su hermano Carlos María Isidro) se apoyaron en dos partidos, en dos sectores en que estaba dividida la sociedad de entonces. Por un lado, la joven hija del rey y su madre fueron abanderadas (que no convencidas, verdaderamente) de los liberales, podríamos decir progresistas a grandes rasgos, y Carlos capitaneó a los más conservadores, partidarios del antiguo régimen y de la tradición, conocidos a raíz del problema sucesorio como Carlinos.

La primera guerra fue muy cruenta en nuestra tierra, y pese a que acabó teóricamente en 1840, no tardaron demasiado en alzarse de nuevo partidas armadas de carlistas que protagonizaron una guerra de guerrillas intermitente hasta la década de los 70.
Por lo que toca al Mas de la Segarra, durante la primera guerra carlista, concretamente en 1837, estuvo un tiempo bajo el control de las tropas de Carlos V. Lugar privilegiado como ya hemos referido en varias ocasiones por lo estratégico que resultaba controlar el paso hacia els Ports y Aragón. De hecho, en las inmediaciones de la Segarra cerca de la rambla carbonera, en octubre del citado año hubo un hecho de guerra de magnitud al encontrarse el ejército de la reina Isabel II, que quería subir hacia Cantavieja para conquistarla al enemigo y las tropas carlistas.

El general carlista Ramón Cabrera escribirá una carta el 26 de octubre de 1837 desde el cuartel de Vilar de Canes (La Segarra) dando parte de las bajas y el desarrollo del enfrentamiento que habían tenido en la recientemente pasada acción de guerra.

A pesar de que a los historiadores nos gusta dividir la historia en períodos y poner nombres a todo, hay que reconocer que en el Maestrat sería difícil poner una clara frontera entre lo que se conoce como primera guerra carlista y la segunda. Aunque sí hubo un paro de las hostilidades, sólo hay que ver cómo en 1844 se opta, desde el gobierno de la reina, a hacer un bloqueo en todo el Maestrazgo (el Maestrat) y más allá aún, mandando cerrar cortijos, casas de campo y ermitas con el fin de tratar de ahogar las partidas carlistas que de nuevo se habían alzado en la tierra.

De este segundo levantamiento es del que nos quedan más testimonios orales y, uno de ellos, tal vez los más importantes y bien documentados, sucedió dentro de nuestro estimado hostal de la Segarra.

cuartel del sud este

Juntando historia y leyenda, documentos oficiales y el testimonio oral del bardo de la Segarra Francisco Tena Sales, sería un día de junio de 1849 cuando acudieron siete miembros de una de las partidas más activas en la comarca, la del coronel Fabregat Dalmau, en esta masía. Se ve que era bastante habitual que esta partida acudiera a comer en la Segarra, y esto haga que un delator, de los que tanto abundan en periodos de guerra y carestías, fue hasta la masía del Arranque de Benassal, próximo a la Segarra, y comunicó a los mercenarios liberales que allí estaban la presencia de la partida en el hostal. Parece ser que el general isabelino Alberto Rodríguez tenía en el Arranque una amante, y todo vino rodado.

Aunque se suele contar asiduamente por la familia que habita y cuida la Segarra cómo comiendo los carlistas dentro de la masía, sobre una mesa de piedra que aún se conserva ahora ante la fachada del hostal, uno de ellos, receloso que no les pudieran hacer una emboscada, fingía tener una molestia en el culo para no sentarse a la mesa y tener excusa para ir divagando por la masía, entrando y saliendo de la casa. Algo se debiera oler, y siendo la única garantía para su supervivencia el estado continuo de alerta, prefirió comer de pie pero no quitar ojo de esa ancha rambla, carretera de donde podía venir en cualquier momento el enemigo.
Demasiado tarde fue cuando, como una funesta premonición cumplida, divisar los soldados de la reina con las armas en las manos y las peores intenciones hacia ellos.

¡Que se salve quien pueda!, gritó instintivamente el vigía que con buen juicio no se sentó con sus compañeros en el interior de la casa. Este huyó como pudo y salvó la vida, lo que no sucedió con sus amigos. La gente que había entonces en el hostal con los carlistas y quien verdaderamente habían sido sus delatores y traidores, sabedores de que los soldados estaban fuera de la casa, sacaron las pistolas, que llevaban ya cargadas y amartilladas, y mataron traicioneramente a tres, a sangre helada. De los tres que quedaban, uno se escondió detrás las faldas de la dueña de la taberna, Josefa Pastor, que entonces llevaba su hijo pequeño en el cuello, para evitar un disparo de pistola como los que habían herido a quemarropa a sus tres compañeros ya fallecidos. Sólo pudo, desamparado su escudo humano y junto a sus dos otros compañeros supervivientes subió a las estancias superiores, más fáciles de defender.

Los delatores y todos aquellos que ocupaban el hostal excepto los tres guerrilleros carlistas salieron a la calle, mientras el general Rodríguez les instaba a la rendición. Los carlistas no consideraron entregarse al general isabelino, el cual inflamado de rabia y sin pensar en los bienes materiales de los caseros mandó incendiar la masía con paja, queriéndoles ahogar con el humo o que se quemaran entre las ruinas del hostal en caso de que se hubiera encendido como una tea.

Aturdidos por el humo y prefiriendo afrontar una posible muerte bajo el fuego de los fusiles que no por el fuego que entonces empezaba a consumir la casa, los tres guerrilleros salieron por la puerta de la casa huyendo del incendio. Nada más poner los pies en el poyo, los tres emboscados cayeron bajo las balas de los peseteros, los mercenarios y soldados liberales.

Pero la historia, tal y como se cuenta en la masía hoy en día, no acaba aquí. La noche posterior, hacia las once, una mano tocaba a la puerta de la Segarra. La dueña lo abrió con cautela al comprobar, sorpresa, como la voz de quien llamaba fuera le era muy familiar. De hecho, no hacía mucho más de un día que la había escuchado. Al abrir confirmó quién era: el superviviente de la matanza, aquel que, siempre al acecho, había estado vigilando el exterior del hostal y había podido huir antes de que empezaran los disparos.

Él preguntó con impaciencia que había sido de sus seis compañeros de armas, pero la dueña no pudo sino bajar la cabeza, confesó la triste verdad y decir que le sabía mal pero que ellos solos se lo habían buscado, con ese tipo de vida. Profundamente afectado, el guerrillero pidió dos copas de aguardiente, que no le quiso pagar, y se fue.
A la mañana siguiente, por la mañana, lo encontraron colgado de una higuera en el mas de En Rieres, en las Coves de Vinromà. Aunque hoy en día se puede ver en esa masía la higuera rebrotada de aquella que le sirvió de horca al guerrillero, por lo que se sabe hijo de Anglesola del Cid.

También se pueden ver en la masía de la Segarra los cambios ennegrecidos por el humo de aquel incendio que no pasó a mayores y que no consiguió más que sofrimar la cubierta.
Sabemos gracias a las partidas de enterramiento de Benassal que el 10 de junio de 1849 se enterró allí a tres de los carlistas muertos en la Segarra, que fueron: el jefe Ramón Fabregat Dalmau, alias Buena de Vilafranca, Marc Messeguer Granyana de Canet, y Ramón Moya Querol, alias Palauet (palacete) de Morella. Del resto de los muertos no sabemos nada ciertamente, aunque la tradición oral nos cuenta cómo se hizo un hoyo allí mismo, cerca de la rambla, y se enterraron los muertos. Tal vez, los tres que no subieron a Benassal.

Existe sin embargo, una segunda versión de los hechos en la que la recién creada Guardia Civil fue la protagonista, y fechada el 12 de julio del mismo año. Se nos habla de como siete delincuentes a los que perseguían se escondieron en la Segarra y hubo un enfrentamiento similar al que hemos ya contado. Personalmente no sabría cuál de las dos versiones es más verosímil, y a falta de revisar personalmente los documentos originales me limito a reproducir lo que otros han ¿recolectado? antes que yo y recoger el testimonio oral que aún cuenta Francisco Tena, de la Segarra.

Las contradicciones entre ambas versiones son a veces demasiado grandes, demasiado incompatibles, y dudando que pueda tratarse de dos acciones similares consecutivas en el tiempo me quedo con lo que se puede extraer del testimonio oral: siete guerrilleros carlistas sitiados en la masia, de los cuales seis murieron en una acción militar y el séptimo se colgó en el término de les Coves. Todo lo demás, se deberá investigar a fondo para esclarecer en ella los detalles, los cuales más de un siglo y medio después aún están por esclarecer…

De esta época intranquilo data el azulejo blanco, escrito en letras azules, que aún se puede ver claramente en la fachada de la masía donde se lee Cuartel del Sud-Este.
En el interior de la masía, en una dovela del arco carpanel que une la estancia del hogar con la contigua, se puede ver una gran marca basta y esculpida en piedra, posterior a su colocación, que parece ser una palma boca abajo. Hay quien la ha asociado a una marca carlista, porque recuerda vagamente a uno de los símbolos de la bandera de guerra que izaron los carlistas sobre Morella, pero hay que ser cauto y hay que investigar más al respecto.

En el hostal de la Segarra había una capilla, y claramente se ve sobre la puerta que entraría a esta desde la calle el nicho donde iría una imagen sagrada, que fue posiblemente destruida en una de las pasadas guerras, tal vez la última guerra civil.

No quiero añadir una página o un párrafo más a esta breve historia, a este limitado recorrido por el pasado de este hostal/taberna/Masía de la Segarra, pues prefiero que ustedes consulten, los episodios que faltan, a los mismos habitadores, a la familia formada por Francisco, Rosa, Paquita, Miguel Ángel, Eloi y Lucia. 

– Pregunten por cómo llegaron sus antepasados a esta masía, por cómo se servía al señor y dueño de la casa cuando venía a cobrar y cómo lograron comprárselo finalmente. 

– Indagad en cómo se pasó allí la guerra, cómo posteriormente los maquis dejaron también su huella y cómo se pasaron las estrecheces de la época del racionamiento y del estraperlo.

– Permitan, y pídanlo si no lo hacen por la humildad que los caracteriza que os hablen de sus anhelos, de todo lo bueno que hacen y quieren hacer por la masía, para que este singular e histórico edificio, sin par en ningún lugar, recupere el esplendor de tiempos pasados y pueda ser motivo de disfrute para todos vosotros, visitantes de paso, que siempre llevaréis dentro del corazón como prenda preciosa el recuerdo de esta casa. Hostal de más de cinco siglos donde sus muros te hablan al corazón si sabes abrirlo a su historia y vivencias antiguas.

Espero sólo que este escrito os sirva como pasaporte a tiempos pasados y como clave para abrir las puertas de vuestra percepción, admiración, y respeto.

Enhorabuena por haber sido, con vuestra actual visita, una piedra más con las que se construye la fascinante historia de la Segarra. También espero haberlo sido yo.

Francesc Bellmunt Gil, historiador.

(traducido del original en valenciano)